martes, 22 de noviembre de 2016

huecos de colador azul

Hay cosas sobre las que debo escribir para no olvidarlas.
Y así como acumulo cachivaches innecesarios en cajitas de zapato, también acumulo datos inútiles, me lleno el cerebro de tarros de galletas, de cajas de cereal picadas, de bolsitas con nombres borrosos que definitivamente deben permanecer allí. Así que escribo sobre demasiadas tonterías, por distintos motivos, todos traducibles a que deseo muescas en un tronco y no ondas en la arena -ojalá fueran ondas en la arena esas cosas que serán siempre muescas aunque no los ponga en letras-.Ya no tengo diario ni merece la pena iniciar uno a éstas alturas del año, así que creo que tengo que escribir sobre el sábado en la noche. El sábado en la mañana estuvo nublado (dentro y fuera), pero el sábado en la noche me devolvió algo precioso por horas enteras. no parpadeos, no latidos: horas.

El sábado sentí ganas de vivir.

El sábado en la noche casi-casi lloraba de nuevo por la consideración que me tienen ciertos seres humanos, pero me contuve. Ignacio me dijo que cigarros y tal vez birras y yo "¿dónde vamos a conseguir para tomar birras un sábado en la noche?". La pregunta refleja más de cómo ha ido mi vida de lo que quiero confesar. Nacho se río, y yo le hice eco, inevitablemente, porque qué bonito es y cómo logra verse igual de wow con telas o sin ellas. Me gusta caminar de noche, especialmente por allí. Fuimos a "un sitio" al final de unas escaleras de caracol, un bar de esos de mi mundo onírico (rojizos, vacíos, oscuros) pero sin el miedo que suele morar en su aire. Tenía elefantitos sobre las pantallas de tela de las lámparas y unos taburetes desde los que se veía la calle de abajo, la gente pasando, el horizonte con unas poquititas estrellas. Y birras. Y hablar. Me encanta que hablemos. Su voz, sus gestos, como mueve la cabeza cuando no consigue las palabras. Y entre birras y escuchar su voz, nacieron. Pude notarlas. Supe qué eran aunque hacía siglos que no me hacían una visita. 

Esa sensación de que la permanencia merece la pena, ese calor, esa simetría invisible. Esa certeza de que, si me mantengo respirando, ese tipo de momentos, en los que te encapsulas en la paz, en la simple alegría de existir, se pueden -y se van arepetir. El solo recuerdo me ayuda en este momento en el que me quiero meter debajo de la tierra y no ver la luz nunca más. 

Sé que no era por las birras. Sé como es el placebo de ganas de vivir que dan las birras. Supongo que solo me ayudaron a llegar hasta allí.

Luego nos comimos un churro en la plaza y volvimos a casa en un carrito en el que no pude dejar de tocarlo y besarlo porque wow, este tipo existe, está a mi lado y participó -participa constantemente- en uno de esos momentos increíbles en los que no me quiero echar una soga al cuello.
Y además, está tan pero tan pero tan bueno...

martes, 15 de noviembre de 2016

quiero sentirte respirar sobre mi piel y erizarme a oleadas 
mientras te paseas sobre mi en un inicio lento 
                                  y desesperante 
que me dé ganas de 
arrancarte la tuya con las uñas
de apresurarte tontamente 
(como si no se detuviera un poco el tiempo cuando estamos así, 
como si no mereciera la pena 
alargar cada fragmento de segundo)
quiero que hagamos el amor
que me abraces porque siempre 
estás tan cálido que me arrullas y comienzo a soñar 
-no a dormir
contra tu cuello, 
besarte hasta que me falte el aire -seguir, aún así-. 
que tu cabello me haga cosquillas entre las piernas y tirar de él 
y de las sábanas 
y de todo lo que pueda para no caerme 
al abismo que provocas con tus labios. 
quiero regodearme en tu aliento 
y en todos tus aromas que me atrapan y me mecen 
                                                         y ojalá poderlos meter todos en un frasquito 
en forma de cristales, 
para poder esnifarlos cuando no estés.

quiero que nos agitemos al unísono 
mientras me llenas por dentro
mientras te lleno de marcas
 que hagas trampa y se me convierta en lava
 la sangre en las venas
                                                                 subir, bajar, subir, bajar
 sobre ti
mientras me miras (por favor no)
mientras te miro 
porque es casi casi tan placentero 
recorrerte con la vista 
como que me recorras con tus labios

quiero que llegues a lo más profundo de mi ser y luego
estalles en sobre mi piel
(luego de hacerme estallar a mi)


También quiero dejar de estirar el brazo por las noches pa' buscarte y no encontrar nada, porque es horrible y no solo está frío afuera si no que el frío se estira y me entra por los brazos que ya no puedo enredar a tu alrededor. 

Estaba tratando de escribir cosas bonitas sobre chamito pero me puse a ver fotos suyas y sentí que el corazón se me llenaba de helio y ojalá estuviera aquí.

jueves, 20 de octubre de 2016

desmorone

Las cosas se desmoronan y, junto a ellas, yo misma.
Pero bueno, las cosas siempre se están desmoronando. También todos a mí alrededor. Se caen a pedazos sobre el suelo, arrancan sus propias raíces y, sobre la ruina, vuelven a sembrarse, vuelven a crecer.
Lo sé. Lo he visto mil veces, lo he sentido otras mil más. Las grietas se expanden con pasmosa rapidez, caen los muros, mueren los árboles (los de afuera y los del alma), el sol se esconde.

A veces parece que todos son ruinas, intentando desesperadamente montar ladrillos que ya no encajan en un muro sin cimientos. Casas vacías donde hace mucho que nadie enciende una luz.
La mayoría de las veces soy esto último.

A veces, muy, muy pocas veces, cuando caen las murallas, te das cuenta de que han crecido flores que no habías podido ver creciendo del otro lado, con colores que hace rato no bailaban en tus pupilas. Puedes acostarte sobre la grama que luchaba contra el suelo (pues ya no hay suelo), llorar un poco y preguntarte cómo puedes reconstruir todo eso. Si quieres reconstruirlo. Porque llorar está bien por un rato o por un millón de ellos pero, entre intervalos, siempre tienes que hacer algo.

Esta vez no veo flores nuevas y la luz del sol sigue tras las nubes. Hace demasiado que no veo flores nuevas (que no crecen flores nuevas.)


Esto es solo un recordatorio de que ya he pasado por eso antes, de que soy consciente de que, de una u otra manera, por más pesado que sea, voy a poder ver las estrellas otra vez. En un rato. Porque este rato está siendo tan largo que parece que no van a salir nunca más.

viernes, 30 de septiembre de 2016

hoy le toqué los huesos a mi perro y sentí en ellos cada mío propio rompiéndose, acercándose más a la piel

cada curva de su pliegue escueto de carne se amoldaba perfectamente al esqueleto, como ha venido haciendo tanta carne en tantos cuerpos en este pequeño espacio que me tocó habitar

(como se curvan mis sueños en este pequeño espacio de alma)

jueves, 29 de septiembre de 2016

—Puedes hablarme cuando estés mal. 
—Siempre lo estoy. Y en algún momento te vas a cansar de que lo haga. Porque siempre...
—Bueno, si en algún momento eso pasa, te diré "Mariana, cállate cinco minutos", y si no te quieres callar no te vas a callar, o si ofende y quieres golpearme está perfecto, o enojarte o. Pero justo ahora, y en un tiempo bastante largo, no va a pasar. Así que habla.

Las cosas van mal. Yo voy mal. 
Todo es más difícil de lo que venía en el panfleto. Lo único que quiero es un cigarro, dormir, revolcarme en la miseria y repetir.

lunes, 5 de septiembre de 2016

la cosa no funciona así
tu no deberías vivir,
ni siquiera acampar aquí
porque no hay espacio, no hay luz, ni aire suficiente para ti

has encendido una hoguera
y se alejan
pero ahí están
sus ojos brillan
no como los tuyos, claro
(como si de pronto el jade y el jaspe se mezclaran en un té)
brillan cómo todo lo que ilumina
esa parte oscura 
dentro de nosotrxs
que preferimos que hiberne
entre el moho y la basura
(como si no creciera cuando está dormida)

y aquí estás, junto al fuego
sonriendo al ritmo de todos los l a t i d o s
ellos no están acostumbrados a este ruido
siempre bailan solos
no les gusta estar quietos
pero eres tan extraño 
que prefieren observarte
(no se pueden comer nada de fuera, por suerte)
saben que terminarás yéndote 
-aunque no los veas nunca,
huele extraño cuando están cerca-
o, mejor aún
terminarán echándote

se aburrirán
y querrán sentarse contigo 
y preguntarte
qué es lo interesante de la canción
-esta canción que se repite para siempre aquí dentro-
y podrás verlos claramente, ahí
junto a la hoguera

te regalarán cigarros enrolados 
en orquídeas con lunares y
te hablarán de cosas que te juro 
que no quieres escuchar
te cansarás de la monotonía de este latido y
te irás.

y ojalá que no porque
cuando estás
yo soy la que baila aquí adentro

miércoles, 31 de agosto de 2016

todos los pacos son basura

Hoy las calles circundantes a plaza Venezuela estaban llenos de policías y todos los policías son escoria y de dónde salen tantos si jamás hacen una mierda más que estar en las plazas deteniendo gente de mi edad pa’ sembrarle marihuana  o quitarles el dinero o mirarte como si no tuvieras derecho a estar allí. Y supongo que ese era su deber; recordarnos que no tenemos derecho a estar allí, que debemos caminar delante de ellos con las cabezas agachadas para evitar problemas, que aprovecharán cualquier excusa para pisotearnos como las cucarachas que representamos para este sistema.

Pero este es otro día de existencia hipócrita en el que me limité a ponerme unas gríngolas mentales para no dejar salir el odio que me estremece y me entrecorta la respiración al pasar entre el mar de escoria, en vez de gritarles que lo son. Porque soy parte del problema, creo. 

lunes, 29 de agosto de 2016

Estas lucecitas que me brillan en el cuerpo no son como los pdf's que puedo clasificar por fecha, autor y título para meterlos en carpetas y sentirme satisfecha porque no hay (casi) nada que me haga tan feliz como organizar tonterías. Entonces escribo a ver si puedo diseccionarme los sentimientos, encontrar algún orden en esta marea difusa y vibrante, o sacarla, o verla morir.

Pero no pasa nada de eso. Solo enciendo más lucecitas.

viernes, 26 de agosto de 2016

me gustas más que las birras más que la lluvia más que el reguetón viejo

Te juro que no es joda, de verdad, de verdad, de verdad siento como me van a explotar las mejillas porque recordar tu voz al oído es como un volcán en las venitas que me recorren la cara, son cien chikibooms en la barriga cuando pienso en lo tosco de tu risa que más que risa parece tos pero me encanta y me contagia incluso cuando no estás. Le echo la culpa a las hormonas y a los bajones y a la falta de tantas cosas y a todas las excusas que se caen en el piso por mi falta de atención porque qué atención voy a estarle prestando a nada si puedo mirar cómo se te convierten los ojos en una lámpara de lava con la luz del sol.

Y también te juro que no hago esto todo el tiempo, que hace más de dos años que solo escribo este tipo de cosas para un corazón porque las burbujas vienen con grietas y no quiero resbalar incansablemente por gente que solo lanza una chispa dentro del corazón que no duda encendida más de dos horas y eso si hay alcohol de por medio.  Y te puedo jurar otras mil cosas para que no te asustes para que no te burles para que no pero es imposible que este protocariño asuste a nadie más que a mí, que estoy rogándole a cada deidad cuyo nombre conozco que sean solo las hormonas o lo guapo que eres o lo bien que hueles –tan tan tan tan tan bien- o tu voz ronquita o cualquier otro detalle que me saque solo sonrisas tontas –cómo ésta que no termina de irse porque ay tu diciéndome cosas bonitas- y cualquiera de esas formas que te traquetean sobre el alma sin traspasarla jamás, que terminan de desviarse hasta la entrepierna y mueren allí y todos felices porque podemos proseguir con la amistad de revista Tú.

Que esto pase ya porque no, porque yo no estoy para pendejadas de ¿empepes? repentinos ni pa’ estar abrazando una prenda de ropa ajena ni de soltar testamentos absurdos e intensos como éste a una persona que probablemente no ha dedicado más de diez minutos a ponerme en su cerebro después de que corrí tras el bus para que no notara lo mucho que quería quedarme, porque por qué querría quedarme si te da igual que me quede, por qué tiene que ser todo tan intenso.
Y te juro que ojalá una botella de ron y ojalá nada de ganas de volver a beber contigo.


jueves, 18 de agosto de 2016

hubo una vez que
estalló estalló todo estalló yo estallé
no hay coraza no hay manta no hay muros
no hay nada que me protegiera porque 
cuando
decides que la luz puede entrar 
también dejas entrar la mierda y
es tan difícil mantener una armadura 
picada a partes
(y yo soy tan impaciente y tan cambiante y 
                          no tengo la energía pa' mover a cada rato los remaches)
así que me quedé así

imagínate un cuerpo frágil y enfermizo que luce
casi casi casi completo
como un roble grande medio devorado por las termintas

desnuda y herida y quemada
así estoy
así voy

hubo unos días en que
me tiré en la hierba a que (otra vez
naciera armadura, porque estaba harta de 
                         las hormigas, las avispas, el calor, los depredadores
y allí 
bajo un árbol
me crecieron flores
y sentí la brisa
y miré una eternidad de orugas 
transformarse en mariposas 
y hojas cayendo
y la luz del sol fue cálida y no ardiente

y
realmenterealmente
realmente ¿vale la pena renunciar a todo esto...? 
                       (pensé)
¿... por un poco de dolor?

hubo una vida efímera y molesta
en la que me tiro en la hierba para no sentir nada más
y recuerdo que sentir es precioso
entonces me levanto y camino y piso una ciudad
tan obstinada y asfixiante como mi alma
y resisto
y vuelvo al claro
y resisto
y vuelvo al claro...

martes, 16 de agosto de 2016

monólogo de una chica triste y cliché

Quiero que el momento en el que ya no tenga que escribir sobre esto* se incline sobre las patas delanteras y me devore sin que me dé cuenta, como lo hacen el tiempo y las disertaciones existenciales superfluas pa' la mierda. Quiero ser y ya está, sin que la vida sea un imparable "de verdad no quiero pero toca". Que esta larga lista de cosas que me arrebatan de los brazos de la miseria a ratos sean una corriente por la cual huir para siempre y no un héroe repentino que, por alguna razón, tarda meses en rescatarme de nuevo. Tampoco elementos de categorización innecesaria, tampoco lastres vergonzosos, tampoco hilos para coser a otras almas como la mía para la ilusión de conexiones -bueno, de ésto último se trata la vida, así que podemos dejarlo pasar-.

Además, esas cosas que me hacen feliz están asignadas al género masculino y pese a llevar la etiquetita de GNC en la frente, I don't wanna be one of the guys. No creo que logre nada diferenciándome de otras mujeres con gustos más "convencionales" que los míos. No pienso reforzar un estereotipo de género solo por una dosis de atención -de criaturas que, de paso, creen que tengo que identificarme con ellas para ser tratada como un ser sintiente- efímera y poco satisfactoria.


Estoy cansada
de tanta
apatía
que ojalá (pero menos mal que no)
fuese solo apatía

Es tremendo viaje en kayak por los rápidos de una emoción que no termina de asentarse, soy yo cayendo por los ríos sin apenas control y viviendo cada partícula de agua y cada curva y cada roca con la misma intensidad. No sé diferenciar. No puedo sentir las sinfonías en los ojos y escuchar los colores del verano sin caer luego en un abismo que no debería estar en medio de un río porque yo me anoté para ir en kayak, no espeleología. Pero la vida no es en lo que te anotas si no lo que salta y te devora sin que  te des cuenta porque firmaste mal la planilla de inscripción, así que aquí me ves, en completo pánico, con un traje de buceo que me va grande y una bombona de oxígeno que nunca sé si será suficiente. No si subo entre sueños a la superficie o si la luz del sol es un sueño. Ya no sé más.

Ojalá tuviera una taza de café (los buenos clichés siempre quieren café y días nublados para leer libros o ver películas que te dejan una sensación de que follaste con alguien a quien ni le gustas tú ni le gustó el polvo.)

* Y respecto a este "esto" sobre lo que escribo , ya dije apatía, pero también podría ser (de no tener que mantener cierta clase en los párrafos) la tremenda ladilla que me produce el hecho de existir, y de existir, además, en un hueco perenne -uno físico y otro emocional-. 


viernes, 29 de julio de 2016

cada una de tus grietas me
     goteas
en el rostro
en las manos 
en el alma

y esta cueva
en la que yaces y te pudres
es más
          y más
                    y más
pequeña
cada vez

apenas quepo acá
apenas hay espacio 
y mis esperanzas chocan contra el techo
y apenas pueden despegarse del rincón
que usan tus g a n a s 
para vomitarlo todo

y no sé si esa capa 
opaca y gris 
que te rodea
es capullo
                            o ataúd

ojalá poder llevarte arriba
y que tomada de mi mano
pudieses oler las estrellas
y la luna
y todo aquello sobre lo que escribías
cuando eras capaz de 
sentir el sol

ojalá esta coraza 
cada vez más dura
        estallara
y revelara un cadáver 
o una mariposa
cualquier cosa
menos esto
que no eres tú

ni es nada más

lunes, 25 de julio de 2016

Me gustaría muchísimo recordar cuando la pereza me hizo tanta mella que perdí el hábito de pasar al físico, de escribir, realmente, en lugar de mantener una narrativa imparable y medio inconexa 24/7 en el cerebro. Porque nunca frena, aunque mis dedos ya no intenten retenerla ni guiarla; permanece allí, tratando de transformar eventos cotidianos en una secuencia interesante para que, al ser leída, transmita a la persona mi intenso y casi infantilizado interés en todo lo que me rodea.

¿Es que la curiosidad desapareció o
ya no me interesan ese tipo de

conexionesconexiones?

sábado, 18 de junio de 2016

miedo el gruñir del estómago
y unos gramos más de basura

El hambre aún no se ha metido a mi casa.

La hemos tenido en el pórtico algunas noches casi enteras, pero la mayoría de las veces logramos que se vaya y nos deje tranquilas unos cuántos días. Cuando su estancia se alarga demasiado, huyo por rutas que aún desconoce, a refugiarme de su mirada, pesada y agobiante. Mi escondite tiene un aura de generosa abundancia que la mantiene lejos, aunque no soy tan ingenua cómo para creer que será así por mucho tiempo. Sé que también llegará hasta aquí.

Siento una mezcla de alivio y sabor a mierda egoísta cada vez que me doy cuenta de que en la semana tendré la posibilidad de comer tres veces al día, aunque son cada vez menos las personas que pueden permitirse algo más que un triste plato frente a ellos cada veinticuatro horas. Respiro mejor cuando conseguimos algo para arrebatarle un poco de gabinete al vacío, aunque tenga claro que no todo el mundo tiene la posibilidad de adquirir lo más básico y necesario para sobrevivir.

Me siento estúpida y alienada con cada rabieta que me invade cuando, en mis frecuentes escapadas, veo en primera fila a un puñado de los poquísimos afortunados que aún pueden darse el lujo de comer cosas como carne, queso y carbohidratos a diario, que no han tenido que renunciar al café de la mañana y –lo más increíble de todo- no deben quemarse la espalda tras –al menos- doce horas de cola para consumir –y regalar- aquello que adorna sus alacenas. También me frustran sus raíces inamovibles, porque no logro entender como alguien tiene la posibilidad plena de huir y prefiere quedarse aquí.

(Hundiéndonos.)


Vino una tía de Estados Unidos hace poco. Se enojó con nosotros porque –dicho sin disfraces- aprovechamos sus dólares –y, con éstos, la posibilidad de adquirir tesoros olvidados por nosotros en el mercado negro- para comer como un par de nosotros no habíamos podido hacer en bastante tiempo. Porque “vivimos para comer, no comemos para vivir”. Y cómo le hacemos entender que no sabemos cuándo nos toque rifarnos la cena, que las noticias se sienten cada vez más cerca, que muchos pensaron –ilusamente- que jamás, jamás llegaríamos a esto. Muchos no se lo pueden explicar tampoco. Pero aquí estamos, y ella solo es visita en este hoyo, alguien que puede pagar tranquilamente un almuerzo familiar para quince personas, dejando allí el equivalente a cinco sueldos mínimos completos. 


El hambre aún no se ha metido a mi casa, pero siento como acaricia el pelo cuando me voy a dormir.

Y esto es solo sobre el miedo al hambre. No a la certeza de una cocina que sabes desierta.


(Y esto es solo sobre el hambre. No sobre el pánico a las noches o a las tardanzas de los que amas, no sobre la desesperación que no te deja el corazón tranquilo, o a la sensación de impotencia -que no se quita sin importar qué hagas- que te invade cuando vez el calendario avanzar contigo en el mismo sitio -de este lado de la frontera-, no sobre la frustración, no sobre el miedo-deseo de que/a que te den un tiro en la cabeza. Solo sobre el hambre. Porque hay muchos clavos en el ataúd, pero unos duelen más que otros.)

miércoles, 1 de junio de 2016

Hoy se montó una heroinómana en el metro a pedir dinero. Su voz recordaba salitas minimalistas y cuadros de Picasso en un comedor con frutas de verdad. Evidentemente no tenía fabelas decorándole la infancia. Pero estaba allí, mostrando media nalga (pálida y huesuda), repitiendo cada frase hasta cuatro veces. Dijo que la había secuestrado Alá, y que la guerra nos estaba jodiendo muy feo.

A mi lo que me jode es que nadie le dio dinero porque admitió que consumía heroína. Yo tampoco lo hice, por miedo a que me hiciera daño; se veía muy alterada. Los moralistas se niegan a dar dinero porque "se lo van a gastar en droga", sin pensar ni por un instante en que, de todas maneras, ellxs van a conseguir el dinero para la droga, y que el billete que no entregaron pudo ser la diferencia para que no tuviera que dejarse acabar en la boca por un chute.

Luego me puse a llorar porque vivir en este país significa elegir entre la negación o la desesperación.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Las cosas no están mejorando. Es como si estuviera flotando bajo una capa de sargazos incruzable que apenas me dejara ver (ni siquiera sentir) la luz del sol si alzo la mano contra las corrientes.
Pero estoy surcando en la maravillosa sensación del interés en la entrada de la luz, y la certeza de que, en algún momento, los manatíes vendrán a comerse toda esta basura y podré, por fin, romper la superficie con la cabeza, echarme en la orilla tras encontrarla, y disfrutar, durante muchísimo tiempo, el calor que añoré luego de tantos años revolcándome en las mareas.

domingo, 28 de febrero de 2016

no hay filtro
ni maquillaje
que pueda ocultar
lo demacrada que estoy

Ojalá mirarme al espejo no representase una batalla cotidiana, unas ganas constantes de salir corriendo a no sé qué lugar  y consolarme en lo incorpóreo de las sombras, que no tienen, como yo, que apagar las luces y acurrucarse en un rincón (del cuarto y del alma) debatiéndose entre las lágrimas y las arcadas. Ojalá mi cuerpo representase un claro de bosque y no un inacabable campo de batalla. Ojalá pudiera incluirme en mi certeza de que, al igual que las flores, todo mundo puede ser hermoso sin importar la forma del pétalo o las marcas en sus hojas, pero aunque cada persona que conozco me parece digna de los jardines colgantes de Babilonia, para mi soy poco más que una hierba que crece a duras penas en la más hedionda de las ciénagas.

Ojalá fuese todo tan fácil como en las historias de amor cliché y los best seller de autoestima.
Pero no es así.
Y ya no sé cuantas veces podrá renacer mi piel si sigo arrancándola a tiras.

domingo, 31 de enero de 2016

No importan las notas que parecen que me acallan el cerebro al golpearme en el estómago, o que la cantidad de almas que saltan mi alrededor aprieten tanto sus cáscaras contra la mía que apenas pueda robarles un poco de aire, o el humo circulándome en el cuerpo, quemando el dolor -y la conciencia, y todo lo demás-; siempre termino sintiéndome sola. Los frágiles nudos que lanzo (ayudada por tanto veneno en común) hacia los que parecen navegar en la sintonía de mis miserias siempre terminan deshaciéndose en el ruido, rompiéndose para abandonarme en una balsa que parece cada vez menos dispuesta a llegar a la orilla. Y se ven tan tranquilos desde la bruma, en la cima de un navío al que no voy a pertenecer jamás. Desde abajo todo lo lejano luce mejor.

A veces logro subir, y luego de un par de cócteles, de disfrutar de la ropa seca y un suelo bajo los pies, vuelvo a lanzarme al océano por propia voluntad

No me interesan los nudos que mantiene la tripulación, aferrados a su piel por motivos que, al ver tan de cerca, no quiero compartir, justificando esa unión sin sentido con cosas que me parecen incluso peores que una vida sobreponiéndome al ahogo. Perdería demasiado pagándome la cabeza pa' salvarme el corazón, dejando ir un poco de mi misma en cada fibra de la cuerda.

Pero en los ciclones, cuando las olas me arrojan contra los arrecifes una y otra vez, desgarrándome en la oscuridad, las sonrisas vacías y las cuerdas parecen tan bonitas que quisiera tener la fuerza suficiente para hundirme para siempre en las profundidades, o la frivolidad necesaria para convertirme en huésped permanente del crucero.




lunes, 11 de enero de 2016

Piel.

No me siento segura en mi propia piel.

Ni siquiera ahora que considero -por fin- las cuatro paredes que me rodean un hogar, cuando ya no tengo que luchar también contra lo de afuera; ni siquiera así se ha calmado un poquito lo de adentro. Quema. Trata de salir a raudales por los ojos, por los dedos, por la boca. No me deja dormir tranquila, ni mirarme al espejo sin querer apartar la vista y huir lejos, pero, ¿a dónde voy a huir?

Me encantaría ser un ente etéreo, confundirme con las nubes, dejar de perder tanto tiempo en consideraciones interminables y peyorativas respecto al caparazón que habito, que tendré que habitar durante el resto de mi vida. Y la posibilidad de acostumbrarme a sus recovecos, a sus curvas desiguales, a sus grietas, a su color -opaco y desgastado por culpa de una marea que nunca le ha dado un minuto de descanso- parece tan lejana como las playas en las que desearía que me arrojara el océano para comenzar de nuevo en un sitio donde pudiera encontrar, bajo una luz diferente, en aguas más claras, un poco más de paz.


jueves, 7 de enero de 2016

Siento que el 2016 duró dos semanas muy largas y en todo ese tiempo yo estuve demasiado ocupada escarbándome las costras que tengo junto al corazón como para apreciar -casi- nada fuera de los hoyitos que quedaban por allí. Pero ya pasó (todo pasa, siempre pasa.)

Esto es otro intento desesperado de retomar el hábito de escribir cosas más allá de las líneas autocompasivas en un diario triste y monótono, sacar el veneno a través de los dedos, reaprender a aclararme las brumas. Ojalá esto no se quede en un intento. Ojalá mi tristeza no se estanque y entienda que necesita fluir a través de mis venas para gastarse y consumirse, para no consumirme tanto yo. 

Ojalá logre que este año se trate más de vida que de supervivencia.