lunes, 11 de enero de 2016

Piel.

No me siento segura en mi propia piel.

Ni siquiera ahora que considero -por fin- las cuatro paredes que me rodean un hogar, cuando ya no tengo que luchar también contra lo de afuera; ni siquiera así se ha calmado un poquito lo de adentro. Quema. Trata de salir a raudales por los ojos, por los dedos, por la boca. No me deja dormir tranquila, ni mirarme al espejo sin querer apartar la vista y huir lejos, pero, ¿a dónde voy a huir?

Me encantaría ser un ente etéreo, confundirme con las nubes, dejar de perder tanto tiempo en consideraciones interminables y peyorativas respecto al caparazón que habito, que tendré que habitar durante el resto de mi vida. Y la posibilidad de acostumbrarme a sus recovecos, a sus curvas desiguales, a sus grietas, a su color -opaco y desgastado por culpa de una marea que nunca le ha dado un minuto de descanso- parece tan lejana como las playas en las que desearía que me arrojara el océano para comenzar de nuevo en un sitio donde pudiera encontrar, bajo una luz diferente, en aguas más claras, un poco más de paz.


No hay comentarios:

Publicar un comentario