domingo, 28 de febrero de 2016

no hay filtro
ni maquillaje
que pueda ocultar
lo demacrada que estoy

Ojalá mirarme al espejo no representase una batalla cotidiana, unas ganas constantes de salir corriendo a no sé qué lugar  y consolarme en lo incorpóreo de las sombras, que no tienen, como yo, que apagar las luces y acurrucarse en un rincón (del cuarto y del alma) debatiéndose entre las lágrimas y las arcadas. Ojalá mi cuerpo representase un claro de bosque y no un inacabable campo de batalla. Ojalá pudiera incluirme en mi certeza de que, al igual que las flores, todo mundo puede ser hermoso sin importar la forma del pétalo o las marcas en sus hojas, pero aunque cada persona que conozco me parece digna de los jardines colgantes de Babilonia, para mi soy poco más que una hierba que crece a duras penas en la más hedionda de las ciénagas.

Ojalá fuese todo tan fácil como en las historias de amor cliché y los best seller de autoestima.
Pero no es así.
Y ya no sé cuantas veces podrá renacer mi piel si sigo arrancándola a tiras.