Me
gustaría muchísimo recordar cuando
la pereza me hizo tanta mella que perdí el hábito de pasar al físico, de escribir,
realmente, en lugar de mantener una narrativa imparable y medio inconexa 24/7
en el cerebro. Porque nunca frena, aunque mis dedos ya no intenten retenerla
ni guiarla; permanece allí, tratando de transformar eventos cotidianos en una
secuencia interesante para que, al ser leída, transmita a la persona mi intenso
y casi infantilizado interés en todo lo que me rodea.
¿Es
que la curiosidad desapareció o
ya no me interesan ese
tipo de
conexionesconexiones?
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