Las cosas no están mejorando. Es como si estuviera flotando bajo una capa de sargazos incruzable que apenas me dejara ver (ni siquiera sentir) la luz del sol si alzo la mano contra las corrientes.
Pero estoy surcando en la maravillosa sensación del interés en la entrada de la luz, y la certeza de que, en algún momento, los manatíes vendrán a comerse toda esta basura y podré, por fin, romper la superficie con la cabeza, echarme en la orilla tras encontrarla, y disfrutar, durante muchísimo tiempo, el calor que añoré luego de tantos años revolcándome en las mareas.