jueves, 20 de octubre de 2016

desmorone

Las cosas se desmoronan y, junto a ellas, yo misma.
Pero bueno, las cosas siempre se están desmoronando. También todos a mí alrededor. Se caen a pedazos sobre el suelo, arrancan sus propias raíces y, sobre la ruina, vuelven a sembrarse, vuelven a crecer.
Lo sé. Lo he visto mil veces, lo he sentido otras mil más. Las grietas se expanden con pasmosa rapidez, caen los muros, mueren los árboles (los de afuera y los del alma), el sol se esconde.

A veces parece que todos son ruinas, intentando desesperadamente montar ladrillos que ya no encajan en un muro sin cimientos. Casas vacías donde hace mucho que nadie enciende una luz.
La mayoría de las veces soy esto último.

A veces, muy, muy pocas veces, cuando caen las murallas, te das cuenta de que han crecido flores que no habías podido ver creciendo del otro lado, con colores que hace rato no bailaban en tus pupilas. Puedes acostarte sobre la grama que luchaba contra el suelo (pues ya no hay suelo), llorar un poco y preguntarte cómo puedes reconstruir todo eso. Si quieres reconstruirlo. Porque llorar está bien por un rato o por un millón de ellos pero, entre intervalos, siempre tienes que hacer algo.

Esta vez no veo flores nuevas y la luz del sol sigue tras las nubes. Hace demasiado que no veo flores nuevas (que no crecen flores nuevas.)


Esto es solo un recordatorio de que ya he pasado por eso antes, de que soy consciente de que, de una u otra manera, por más pesado que sea, voy a poder ver las estrellas otra vez. En un rato. Porque este rato está siendo tan largo que parece que no van a salir nunca más.