Las cosas se desmoronan
y, junto a ellas, yo misma.
Pero bueno, las cosas
siempre se están desmoronando. También todos a mí alrededor. Se caen a pedazos
sobre el suelo, arrancan sus propias raíces y, sobre la ruina, vuelven a
sembrarse, vuelven a crecer.
Lo sé. Lo he visto mil
veces, lo he sentido otras mil más. Las grietas se expanden con pasmosa
rapidez, caen los muros, mueren los árboles (los de afuera y los del alma), el sol se esconde.
A veces parece que todos
son ruinas, intentando desesperadamente montar ladrillos que ya no encajan en
un muro sin cimientos. Casas vacías donde hace mucho que nadie enciende una
luz.
La mayoría de las
veces soy esto último.
A veces, muy, muy pocas
veces, cuando caen las murallas, te das cuenta de que han crecido flores que no
habías podido ver creciendo del otro lado, con colores que hace rato no
bailaban en tus pupilas. Puedes acostarte sobre la grama que luchaba contra el
suelo (pues ya no hay suelo), llorar
un poco y preguntarte cómo puedes reconstruir todo eso. Si quieres
reconstruirlo. Porque llorar está bien por un rato o por un millón de ellos
pero, entre intervalos, siempre tienes que hacer algo.
Esta vez no veo flores
nuevas y la luz del sol sigue tras las nubes. Hace demasiado que no veo flores
nuevas (que no crecen flores nuevas.)
Esto es solo un
recordatorio de que ya he pasado por eso antes, de que soy consciente de que,
de una u otra manera, por más pesado que sea, voy a poder ver las estrellas
otra vez. En un rato. Porque este rato está siendo tan largo que parece que no
van a salir nunca más.