sábado, 18 de junio de 2016

miedo el gruñir del estómago
y unos gramos más de basura

El hambre aún no se ha metido a mi casa.

La hemos tenido en el pórtico algunas noches casi enteras, pero la mayoría de las veces logramos que se vaya y nos deje tranquilas unos cuántos días. Cuando su estancia se alarga demasiado, huyo por rutas que aún desconoce, a refugiarme de su mirada, pesada y agobiante. Mi escondite tiene un aura de generosa abundancia que la mantiene lejos, aunque no soy tan ingenua cómo para creer que será así por mucho tiempo. Sé que también llegará hasta aquí.

Siento una mezcla de alivio y sabor a mierda egoísta cada vez que me doy cuenta de que en la semana tendré la posibilidad de comer tres veces al día, aunque son cada vez menos las personas que pueden permitirse algo más que un triste plato frente a ellos cada veinticuatro horas. Respiro mejor cuando conseguimos algo para arrebatarle un poco de gabinete al vacío, aunque tenga claro que no todo el mundo tiene la posibilidad de adquirir lo más básico y necesario para sobrevivir.

Me siento estúpida y alienada con cada rabieta que me invade cuando, en mis frecuentes escapadas, veo en primera fila a un puñado de los poquísimos afortunados que aún pueden darse el lujo de comer cosas como carne, queso y carbohidratos a diario, que no han tenido que renunciar al café de la mañana y –lo más increíble de todo- no deben quemarse la espalda tras –al menos- doce horas de cola para consumir –y regalar- aquello que adorna sus alacenas. También me frustran sus raíces inamovibles, porque no logro entender como alguien tiene la posibilidad plena de huir y prefiere quedarse aquí.

(Hundiéndonos.)


Vino una tía de Estados Unidos hace poco. Se enojó con nosotros porque –dicho sin disfraces- aprovechamos sus dólares –y, con éstos, la posibilidad de adquirir tesoros olvidados por nosotros en el mercado negro- para comer como un par de nosotros no habíamos podido hacer en bastante tiempo. Porque “vivimos para comer, no comemos para vivir”. Y cómo le hacemos entender que no sabemos cuándo nos toque rifarnos la cena, que las noticias se sienten cada vez más cerca, que muchos pensaron –ilusamente- que jamás, jamás llegaríamos a esto. Muchos no se lo pueden explicar tampoco. Pero aquí estamos, y ella solo es visita en este hoyo, alguien que puede pagar tranquilamente un almuerzo familiar para quince personas, dejando allí el equivalente a cinco sueldos mínimos completos. 


El hambre aún no se ha metido a mi casa, pero siento como acaricia el pelo cuando me voy a dormir.

Y esto es solo sobre el miedo al hambre. No a la certeza de una cocina que sabes desierta.


(Y esto es solo sobre el hambre. No sobre el pánico a las noches o a las tardanzas de los que amas, no sobre la desesperación que no te deja el corazón tranquilo, o a la sensación de impotencia -que no se quita sin importar qué hagas- que te invade cuando vez el calendario avanzar contigo en el mismo sitio -de este lado de la frontera-, no sobre la frustración, no sobre el miedo-deseo de que/a que te den un tiro en la cabeza. Solo sobre el hambre. Porque hay muchos clavos en el ataúd, pero unos duelen más que otros.)

miércoles, 1 de junio de 2016

Hoy se montó una heroinómana en el metro a pedir dinero. Su voz recordaba salitas minimalistas y cuadros de Picasso en un comedor con frutas de verdad. Evidentemente no tenía fabelas decorándole la infancia. Pero estaba allí, mostrando media nalga (pálida y huesuda), repitiendo cada frase hasta cuatro veces. Dijo que la había secuestrado Alá, y que la guerra nos estaba jodiendo muy feo.

A mi lo que me jode es que nadie le dio dinero porque admitió que consumía heroína. Yo tampoco lo hice, por miedo a que me hiciera daño; se veía muy alterada. Los moralistas se niegan a dar dinero porque "se lo van a gastar en droga", sin pensar ni por un instante en que, de todas maneras, ellxs van a conseguir el dinero para la droga, y que el billete que no entregaron pudo ser la diferencia para que no tuviera que dejarse acabar en la boca por un chute.

Luego me puse a llorar porque vivir en este país significa elegir entre la negación o la desesperación.