No importan las notas que parecen que me acallan el cerebro al golpearme en el estómago, o que la cantidad de almas que saltan mi alrededor aprieten tanto sus cáscaras contra la mía que apenas pueda robarles un poco de aire, o el humo circulándome en el cuerpo, quemando el dolor -y la conciencia, y todo lo demás-; siempre termino sintiéndome sola. Los frágiles nudos que lanzo (ayudada por tanto veneno en común) hacia los que parecen navegar en la sintonía de mis miserias siempre terminan deshaciéndose en el ruido, rompiéndose para abandonarme en una balsa que parece cada vez menos dispuesta a llegar a la orilla. Y se ven tan tranquilos desde la bruma, en la cima de un navío al que no voy a pertenecer jamás. Desde abajo todo lo lejano luce mejor.
A veces logro subir, y luego de un par de cócteles, de disfrutar de la ropa seca y un suelo bajo los pies, vuelvo a lanzarme al océano por propia voluntad
No me interesan los nudos que mantiene la tripulación, aferrados a su piel por motivos que, al ver tan de cerca, no quiero compartir, justificando esa unión sin sentido con cosas que me parecen incluso peores que una vida sobreponiéndome al ahogo. Perdería demasiado pagándome la cabeza pa' salvarme el corazón, dejando ir un poco de mi misma en cada fibra de la cuerda.
Pero en los ciclones, cuando las olas me arrojan contra los arrecifes una y otra vez, desgarrándome en la oscuridad, las sonrisas vacías y las cuerdas parecen tan bonitas que quisiera tener la fuerza suficiente para hundirme para siempre en las profundidades, o la frivolidad necesaria para convertirme en huésped permanente del crucero.
domingo, 31 de enero de 2016
lunes, 11 de enero de 2016
Piel.
No me siento segura en mi propia piel.
Ni siquiera ahora que considero -por fin- las cuatro paredes que me rodean un hogar, cuando ya no tengo que luchar también contra lo de afuera; ni siquiera así se ha calmado un poquito lo de adentro. Quema. Trata de salir a raudales por los ojos, por los dedos, por la boca. No me deja dormir tranquila, ni mirarme al espejo sin querer apartar la vista y huir lejos, pero, ¿a dónde voy a huir?
Me encantaría ser un ente etéreo, confundirme con las nubes, dejar de perder tanto tiempo en consideraciones interminables y peyorativas respecto al caparazón que habito, que tendré que habitar durante el resto de mi vida. Y la posibilidad de acostumbrarme a sus recovecos, a sus curvas desiguales, a sus grietas, a su color -opaco y desgastado por culpa de una marea que nunca le ha dado un minuto de descanso- parece tan lejana como las playas en las que desearía que me arrojara el océano para comenzar de nuevo en un sitio donde pudiera encontrar, bajo una luz diferente, en aguas más claras, un poco más de paz.
jueves, 7 de enero de 2016
Siento que el 2016 duró dos semanas muy largas y en todo ese tiempo yo estuve demasiado ocupada escarbándome las costras que tengo junto al corazón como para apreciar -casi- nada fuera de los hoyitos que quedaban por allí. Pero ya pasó (todo pasa, siempre pasa.)
Esto es otro intentodesesperado de retomar el hábito de escribir cosas más allá de las líneas autocompasivas en un diario triste y monótono, sacar el veneno a través de los dedos, reaprender a aclararme las brumas. Ojalá esto no se quede en un intento. Ojalá mi tristeza no se estanque y entienda que necesita fluir a través de mis venas para gastarse y consumirse, para no consumirme tanto yo.
Ojalá logre que este año se trate más de vida que de supervivencia.
Esto es otro intento
Ojalá logre que este año se trate más de vida que de supervivencia.
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