domingo, 31 de enero de 2016

No importan las notas que parecen que me acallan el cerebro al golpearme en el estómago, o que la cantidad de almas que saltan mi alrededor aprieten tanto sus cáscaras contra la mía que apenas pueda robarles un poco de aire, o el humo circulándome en el cuerpo, quemando el dolor -y la conciencia, y todo lo demás-; siempre termino sintiéndome sola. Los frágiles nudos que lanzo (ayudada por tanto veneno en común) hacia los que parecen navegar en la sintonía de mis miserias siempre terminan deshaciéndose en el ruido, rompiéndose para abandonarme en una balsa que parece cada vez menos dispuesta a llegar a la orilla. Y se ven tan tranquilos desde la bruma, en la cima de un navío al que no voy a pertenecer jamás. Desde abajo todo lo lejano luce mejor.

A veces logro subir, y luego de un par de cócteles, de disfrutar de la ropa seca y un suelo bajo los pies, vuelvo a lanzarme al océano por propia voluntad

No me interesan los nudos que mantiene la tripulación, aferrados a su piel por motivos que, al ver tan de cerca, no quiero compartir, justificando esa unión sin sentido con cosas que me parecen incluso peores que una vida sobreponiéndome al ahogo. Perdería demasiado pagándome la cabeza pa' salvarme el corazón, dejando ir un poco de mi misma en cada fibra de la cuerda.

Pero en los ciclones, cuando las olas me arrojan contra los arrecifes una y otra vez, desgarrándome en la oscuridad, las sonrisas vacías y las cuerdas parecen tan bonitas que quisiera tener la fuerza suficiente para hundirme para siempre en las profundidades, o la frivolidad necesaria para convertirme en huésped permanente del crucero.




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